Cuando el cloroformo perdió su efecto y se despertó, yo estaba sentado, leyendo un viejo tebeo de humor mientras escuchaba un disco de los Beatles, ahora mismo no recuerdo cual. Estaba atada a una silla de hierro fijada al suelo. Es genial, quiero decir, pensaron en todo cuando hicieron eso. La silla es genial, está fija al suelo pero puede inclinarse con bisagras. Lo adoro. La cámara de video estaba grabando desde hacía ya un buen rato, pero hice bien en comprar una tarjeta de 64gb. Espero que con una resolución ligeramente baja consiga mucho rato. Estaba en un ángulo bueno para captar toda la habitación, pero estaba enfocada en ella, para más risa.
El caso es que ella estaba atada a la silla, así, con cuerdas y tal, bien atadas. Busqué como hacer nudos marineros en internet, es increíble lo que hay en internet. Bueno, en realidad no conseguí hacerlo, pero esos nudos tampoco los desata ni dios. El caso es que ella estaba aturdida al principio, claro, es normal: Ella atada con una bola de goma en la boca, todas las… cosas raras que había por ahí, como el juego de compases, el paquete de sal, el serrucho, la caja de costura, el bisturí, el zippo y el alcohol, el cucharón de coger helado, todo por ahí desperdigado y yo sentado al otro lado con el cómic y el tocadiscos, como si fuera lo más normal del mundo. Ahora que lo pienso, igual hubiera ido un poco mal si con la náusea de despertarse tras el somnífero hubiera vomitado con la mordaza puesta, lo hubiera arruinado todo. Qué despistado que soy a veces, jo jo.
El caso es que cuando levanté la vista de mi historieta y vi que levantaba la cabeza, fui y le dije:
- Quería asegurarme que antes de todo esto que va a venir degustaras una música decente por una vez en tu vida.
Luego me di cuenta de que todavía llevaba la mordaza puesta. Es que tengo una memoria que… Bueno, ya fui a quitársela. La verdad es que no se le daba mal disimular que estaba muerta de miedo, pero de nada le servía conmigo.
- ¿Qué mierda es todo esto? Suéltame, cabrón, te juro que como no me sueltes pienso denunciarte. – Dijo ella, tratando de poner voz imponente, pero resultando patética.
- Me temo que esto no será posible. De salir de aquí, dudo que estés en las condiciones mentales como para articular una sola palabra. En dicho caso, si no llamas la atención de ningún casual y entrometido filántropo que se ofrezca a ayudar a un vegetal vagabundo mutilado, acabarías muriendo por causas naturales tirada en la calle como la perra sarnosa que eres. – Respondí yo, con tono sonriente. Estaba de veras feliz con esa situación, la ansiaba desde hacía tiempo, y ningún remordimiento me carcomía. Al fin y al cabo, sentía que estaba haciendo lo correcto.
- ¿Qué piensas hacer…? – Ya no trataba de parecer indiferente, pero parecía contener las lágrimas, no sé si de terror, de miedo o vete a saber de qué, y poco que me importaba porque yo me estaba regocijando como un niño con un juguete nuevo.
- Ya lo verás… – Realmente sentía enormes deseos de estallar en carcajadas como si algo maravilloso estuviera pasando, cosa que era, pero preferí mantener, como malamente pude, mi aire de intriga que parecía matarla por dentro – De momento, déjame acabar este disco, es muy bueno. Si lo que sueles decir es cierto, tú también lo habrías escuchado, pero desgraciadamente sé que sólo eres una zorra que intenta llamar la atención con estas cosas y con demás estupideces. Qué asco me das, hija.
Ahí ya no me contuve y, tras escupirle un mocoso gargajo a la barbilla (pretendía atestar más arriba) me puse a reír como el loco que ella debía creer que era, pues claro, ella no comprendía nada de lo que estaba pasando. Ya se lo explicaría luego, al acabar los “preliminares”, que en otros casos serían la materia general. Espero que la cámara hubiera captado bien lo del gargajo, fue algo memorable.
- ¿Por qué yo? –dijo- ¿Por qué me haces esto? ¿Eres un acosador y estás enamorado de mí o algo así, o simplemente te he hecho algo? – Una sutil lágrima escapaba de uno de sus ojos, pero mantenía un tono firme como antes. Es increíble, realmente había para pegarle un sillazo en la cara, de egocéntrica que era la pobre. Pobre de mente, claro, de nada más.
- Lo último, pero no te puedo decir más. Sólo recuerda como tratas a la gente, porque algunos nos preocupamos de los demás y actuamos en consecuencia. – Ella no parecía atar cabos, pero ya qué más me daba, si tenía todo cuanto quería, ya se lo diría más tarde. Otra vez. Je je.
El vinilo estaba reproduciendo ya los últimos segundos de su metraje, que coincidía con mi canción favorita del grupo. Así que doblé la esquina de la página de mi cómic, lo coloqué encima del tocadiscos, haciendo saltar la aguja un segundo adelante, cosa que me ponía de los nervios, pero me contuve, y me acerqué a ella caminando lento, mirándola y sonriendo con aire paternal. Le puse una mano en la barbilla, aún húmeda de mi escupitajo -aunque había caído la mayoría-, como admirando la belleza de su rostro, nada del otro mundo, pero nada mal. Tenía ojos de cachorrillo asustado y llorosos, relucientes como pompas de jabón. La mano que le acerqué temblaba un poco, no sólo de la alegría que me recorría, sino de algo de miedo a que aprovechara mi exceso de confianza para morderme. Pero fue lista. Si me llega a morder le habría dado tal guantazo que le habría tumbado la silla. Ah, no, espera, que está fija al suelo, ja, ja, ja.
- Mírate, qué mona eres, cuanto vas a cambiar de aquí a que esto acabe. – La verdad es que sentí ganas de besarla, pero pensé que no era el momento. Además, esa sería una gran oportunidad para ella para morderme de una forma más grave, y eso habría estado por encima de mi nivel de tolerancia. Aunque también es irónico que alguien a punto de torturar a alguien hable de tolerancia, pero el ser humano es hipócrita por naturaleza, en un mayor o menor grado según el individuo. Al menos, esa es la conclusión que saco de todo.
De modo que me alejé de ella y puse un tono serio, como de instructor. Tenía previsto explicarle los planes que tenía para nosotros de ahí a cuando terminara, pero preferí limitarme a decirle que habría varias fases y que en breve empezaríamos la primera. Me gusta mantener la intriga, saber lo que los demás no saben, sólo para torturarles con eso. Aunque no se le podía llamar tortura en comparación con lo que venía.
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