Yo soy Napoleón, el más grande conquistador de todos los tiempos, sólo superado por el mismísimo Alejandro Magno y quizás por Julio César. Me dirijo hacia la fría Rusia después de haber conquistado toda Europa y de haber inculcado mis principios políticos progresistas en todos los sitios que he ocupado. Mi ejército marcha detrás de mí preparados para la batalla y nada nos puede detener. Andando hacia la madre Rusia desde nuestra tierra para luchar contra su ejército y así detener la Guerra Civil Rusa, instaurando la paz y un gobernador que discipline a esos bárbaros. Con nuestras espadas y nuestros escudos venceremos al enemigo aunque sus mejores caballeros se enfrenten a nosotros. Todo el mundo está con nosotros, desde los Estados Unidos de América hasta los grandes ejércitos que el Vaticano nos envía para hacer frente al enemigo.
La gente nos mira cuando pasamos, nos grita y se apartan. Las diligencias que se cruzan en mi camino se paran ante mí y sus conductores también nos gritan. Felicitan al gran Napoleón y a su multitudinario ejército de más de mil hombres. Desfilamos, sin que el calor nos abrase la piel debajo de las armaduras de plata ni bajo los uniformes de guerra. Todos nos admiran, todos nos gritan elogios desde sus balcones o desde nuestro mismo suelo. Uno de ellos me pregunta quién soy. ¿Acaso no está claro, ignorante? Yo soy Napoleón, el grandioso Napoleón, en mision de conquistar la madre Rusia, y quizás también los demás países del este como Checoslovaquia o Bulgaria. Toda Europa será nuestra, y luego...
- Perdone, señor, pero...
- ¿Quién es usted, y cómo osa dirigirse al gran Napoleón Bonaparte?
- ...pero es que usted no es Napoleón...
Algún militar envidioso detuvo mi imperturbable marcha para convencerme de que no soy el más grande conquistador del mundo. Algún villano que pronto va a probar el plomo de mi fusil. Dos hombres han venido con él y se me llevan contra mi voluntad. Espías del imperio ruso, seguro. Les grito a mis hombres que marchen sin mí y que volveré a verles en la frontera. Los hombres me meten dentro de su carro sin mediar palabra.
- Le vamos a llevar de nuevo al hospital, señor. Por favor, no le vamos a hacer daño, será mejor que colabore.
Uno de ellos sacó una daga muy puntiaguda con intención de asesinarme ahí mismo. ¡Ingenuo! No se asesina así como así a un gran hombre como yo. Sin embargo, los otros dos hombres me sujetaron y clavó la daga en mi brazo, pero no derramé ni una gota de sangre, oh, no señor. Tan solo quedé adormecido por unos instantes, pero no desfallecí.
Mientras mi cuerpo estaba sin fuerzas por el aguijonazo, los hombres me pusieron una extraña ropa de prisionero con mangas atadas y me trajeron a una celda blanca con una cama y algunos aparatos con cables que no conocía. Más tarde, uno de los guardas de la mazmorra, vestido con una sucia túnica blanca, a pesar de que creía que los rusos vestían uniforme rojo, me vino a traer unas extrañas píldoras de forma circular.
- Su medicación, señor. Tómesela ahora.
¡Veneno! ¡Ese bastardo pretende que me envenene yo solito! Maldito idiota, nadie intenta engañar a Napoleón. Así que salté encima suyo para conseguir mi libertad.
-¡Socorro, enfermeros, uno de los pacientes está teniendo un brote psicótico!
-Libérame, maldito secuaz, u os venceré a todos a golpe de espada. No os temo, ¡soy invencible!
Acto seguido, varios hombres y mujeres vestidos con uniformes de color blanco o cian entraron y me inmovilizaron. Después uno de ellos sacó otra daga como esa, más grande. Me la clavó de nuevo en el brazo con suma furia y...
...
...Pero es que usted no es Napoleón...
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