Como un ave Fénix, nació entre cenizas. Las cenizas de todo un mundo abrasado y abandonado décadas atrás. Cenizas que la criaron. La sociedad de las cenizas. La sociedad del silencio.
No era humana. ¿O sí? No era un cyborg, eso está claro, mucho menos un androide. Cuando ella sólo era una idea, de entre el escaso equipo científico a cargo del proyecto salieron nombres como "metahumana", indicando su superioridad, "protohumana", haciendo referencia a su propósito, o "posthumana", para definir el ambiente en el que se llevaría a cabo su desarrollo. En cualquier caso, es lo que se suele hacer cuando se concibe algo tan asombroso y cronológicamente distante que, a su vez, puede que nunca nazca. A lo mejor.
Así es, nació en un mundo de ceniza, abrasado y abandonado. Tal vez lo abandonaron porque se estaba abrasando, o tal vez se abrasó porque lo abandonaron. Los pocos que quedan y lo recuerdan no parecen ponerse de acuerdo. A los demás no les importa. Muchos ni lo recuerdan. Ya están lejos, pues hace ya mucho tiempo que partieron. ¿Cuántas generaciones habían pasado ya? ¿Dos? ¿Tres? Puede que fueran tres.
En efecto, la base era humana, sí. Ya ni siquiera era un feto, era una humana ya en la etapa infantil. De constitución delgada, con el pelo blanco con destellos casi azulados, liso, que le llegaba por encima de los hombros. Tenía dos brazos y dos piernas. Tenía un par de ojos, un par de labios, un par de manos, dos pezones, un cerebro, un corazón. ¿Un alma?
La lógica dictaría que, por cómo nació, no debería tener ombligo, pero lo tenía. Así es, lo tenía. Pero la máquina en la que en ese momento y durante mucho tiempo se había encontrado flotando carecía de nada parecido a un cordón umbilical.
Su propósito, como experimento, era incierto, demasiado para el tiempo, dinero y esfuerzo que se invirtió en ella, si bien es cierto que nació de la clandestinidad. De todos modos, ¿qué podía hacer ella si se daba el caso de que "naciera"? Su existencia parecía más bien su propia maldición, siempre que recordara una vida en sociedad, pero no era así. Era un experimento olvidado llevado a cabo por sí solo sin nadie mirando, motivado por esos "y si..." que a veces pasan en la mente humana sucedidos por un "podría ser interesante" y alentados por cierto optimismo irracional, como pocos siglos antes había pasado con esas sondas espaciales que llevaban discos de oro con grabaciones sonoras de la Tierra.
Nació, en cierto modo, de una forma normal, emergiendo de una matriz ayudada por contracciones y dilatación. Parecía casi biológico a pesar del tanque cubierto de acero inoxidable y polibenzimidazol con ese líquido amniótico almacenándola a ella, acabado en una apertura que tan funcionalmente simulaba la vagina humana en el momento del parto. ¿Era un bebé, entonces? No del todo, aparentaba unos seis años de edad, aunque llevase ahí mucho más, y eso era sólo una de las cosas que la hacían diferente a un humano normal. Para extender la vida del experimento, hablando frívolamente, fue modificado genéticamente para generar agua y nutrientes sin necesidad de comer o beber durante un periodo temporal teóricamente infinito. Eso fue fácil de hacer; la parte más difícil fue su mente. En su cerebro se incluyeron una serie de instintos y conocimientos básicos que suplieran las carencias del desarrollo autodidacta, como andar, realizar acciones simples con las manos, primeros auxilios, instinto de autopreservación, etc. Además, era más inteligente que el humano promedio, con un cociente intelectual que, si todo iba bien, tenía que superar los 200 puntos, y algunas de sus percepciones estaban alteradas. No sentía dolor físico, lo interpretaba. Sentía miedo como instinto racional y no como respuesta emotiva desaprovechada en falsas percepciones. Al menos, así es como se había intentado hacer.
En definitiva, era humana, con un cerebro reconfigurado, una edad física que no se correspondía con la real bajo ningún marco de referencia y sistemas de alimentación internos que impedían que muriera por algo tan ordinario como eran la desnutrición o la deshidratación. Indefensa, pero autosuficiente. Vulnerable y no tanto a la vez, se incorporó y, tal y como le imperaba uno de los primeros instintos que se le incorporó, salió de ese laboratorio dejado de la mano de los falsos dioses de batas blancas que la hicieron ser hace mucho o poco, no podía saberlo, y salió con el único fin de explorar.
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