Las noches de insomnio son la acentuación de mi soledad.
Nadie puede estar conmigo, pues soy el único que no duerme. Normalmente.
Yo no puedo estar con nadie. Asimismo, no puedo molestar a nadie. Estoy atrapado.
Cuando no puedo dormir, pienso. Y no es bueno pensar cuando no tienes nada bueno en lo que pensar. Porque entonces inevitablemente pensarás en algo que te destruye.
En Dios. En cosas que no volverán. Es nuestros errores del pasado. En lo que debimos hacer y nunca hicimos y en lo que hicimos y nunca debimos hacer.
La nostalgia me invade el corazón. Y del corazón, como la sangre, va al resto del cuerpo.
Luego pienso en cosas que no son reales.
El monstruo que me daba miedo de niño. El monstruo que me da miedo ahora. El monstruo que me dará miedo mañana.
Traumas que creía superados. Traumas que están por superar.
Un payaso que llora mientras canta una melancólica balada que transmite el mismo sufrimiento que él está sufriendo.
Y ahora tengo miedo.
El miedo no se expande por mi cuerpo desde la mente a través del corazón. Mi miedo se queda en mi corazón. Le da un sabor agrio a mi nostalgia. Le da la textura de la piel muerta de una serpiente. Y se agarra a mi pecho como los dientes de una avispa. Siempre es la misma sensación. Siempre es el mismo aguijonazo a presión explicado de diez mil formas distintas como un absurdo circunloquio perpetuo.
Aguardo como un condenado hundido en sábanas que me empapan de sudor, con los párpados secos, sin lubricar, escuchando mi propia respiración irregular, comparándola con la del resto del mundo, como si mi sistema respiratorio fuera un reloj roto que debo arreglar para hallar la felicidad.
Aguardo a que acabe la noche para que mañana a la misma hora un dolor de cabeza distinto me sirva de excusa para sentirme igual y no dormir.
¿Aguardo a que acabe la noche? ¿O acaso aguardo a que acabe algo más grande?
Tribulaciones y cavilaciones en reflexiones y canciones. Cojones.
lunes, 11 de agosto de 2014
Cavilaciones de insomnio, parte II
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