jueves, 7 de agosto de 2014

El lobo y la oveja

"Los fieros lobos se disfrazarán de mansas ovejas". Eso me han dicho. Yo era el lobo. Y no es que no me lo mereciera, pero me ha hecho pensar. Siempre había sido la oveja y siempre había despreciado al lobo, considerándolo un ser rastrero y dañino. Lo cierto es que lo es, pero con lo que no contaba era con que el lobo también podía tener sentimientos. No siempre, claro. Algunas personas, como es bien sabido, sólo quieren hacer daño, porque les divierte jugar con los sentimientos de los demás. Pero, ¿y si el lobo debe matar a la oveja en contra de su voluntad porque es lo correcto? ¿Y si el lobo no puede elegir? El lobo lo hace. Cada zarpazo que le da a la oveja que sufre sin merecerlo es un zarpazo en su corazón y cada balido que libera de su pecho oprimido hace un eco infinito en la mente del lobo, recordándole una y otra vez que todo es culpa suya. Él es el que se acercó a la oveja. Quería que la oveja no estuviera sola. Pero un lobo y una oveja no pueden convivir. El lobo no podía retrasar lo inevitable y todo era culpa suya. Echó por los suelos sus principios basados en la honestidad y la sinceridad y lo que está viviendo ahora, para él, no es nada más que el escarnio de esos principios incumplidos y su castigo es observar el mal que ha hecho y ser incapaz de que sus disculpas suenen sinceras y razonables. Y, además de todo eso, el lobo despiadado debe ver como, impotente, la oveja sigue queriendolo por sus recuerdos en los que el lobo se acercaba a ella vestido de oveja. Y ahora ambos sufren, con la diferencia de que el lobo se lo merece y la oveja no. ¿Se sentiría mejor el lobo si la oveja le odiara como se merece? Quizás le daría lo mismo, o quizás no. Quizás no hay tanta diferencia en que un bebé al que le acabas de romper las costillas a martillazos te diga "te quiero" o "te odio". Su sentimiento es distinto pero tú no te sientes mejor contigo mismo. Y ahora mismo escucho los gritos desesperados de Robert Plant cantando "Baby, I'm gonna leave you". Por primera vez, sé por qué grita. En su voz no hay ira como creía, sino que es angustia y culpa. Culpa que le hace gritar de dolor mientras le oprime el pecho como si fuera la bolsa de una gaita. Y mientras tanto, yo grito con él sin escucharle. Grito como si un cuchillo carnicero golpeara mi pecho con una enorme y furiosa fuerza de un verdugo fuera de sus cabales. Y el verdugo, que está en mi mente, me golpea con palabras que sé del cierto que son ciertas. "Monstuo, hijo de puta. Eres un ser despreciable. Tú tienes la culpa de todo. Asesino, maltratador, ¿acaso te importan los sentimientos ajenos? Más te valdría no haber nacido, pedazo de maricón". Y yo escucho y cuando da lugar a mi respuesta, yo asiento llorando y digo "Soy despreciable. Me lo merezco. Y estoy condenado a pasar así todo mi tiempo libre. Me lo merezco".

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