miércoles, 22 de octubre de 2014

El escritor

Un hombre anda hacia un gran edificio blanco. Piensa que es basura. Piensa que puede arreglarlo. Coge un enorme pincel negro y empieza a escribir grandes palabras en los muros lisos.
Ignorancia. Abstracción. Ceguera. Soberbia. Libertad.
Dos hombres vestidos de negro le cogen de los brazos y se lo llevan. Le meten en un furgón como a un animal salvaje. No vuelve a saberse nada más del hombre, mas las palabras que ha escrito permanecen en el edificio, apiladas como libros. Cada palabra es el lomo de un libro cuyas palabras se ven diferentes a ojos de cada lector. Para la mayoría, sólo son las palabras que un hombre que ya no existe en la sociedad ha escrito. Pero los que de veras son inteligentes, ven ahí la vida de un hombre, resumida en cinco palabras. Las aflicciones y los deseos, los odios y los gustos.
Bah, a la mierda. Hoy no estoy inspirado, dijo el hombre. Y el hombre no fue escuchado. ¿Por qué lo escribió? A día de hoy, sigue creyendo que debería parar, pues esto no está yendo a ningún sitio. Pero algo dentro de él le impulsa a seguir. No siente que esté en condiciones de parar. Una parte pequeña e irracional dentro de su cabeza le hace pensar que quizás lo que hoy redacte le servirá mañana para algo más grande. ¿Es esto en lo que consiste su vida? ¿En construir piezas para un gran artificio que nunca existirá? ¿En hacer algo distinto al resto para terminar de la misma forma?
La parte racional de su mente sabe que él no es tan distinto a todos los demás. Puesto que todos somos personas, todos estamos hechos con la misma carne, los mismos huesos y el mismo cerebro, ligeramente modificado al azar inspirándose en las mezclas de sus antepasados. Si todos vienen del mismo sitio, él tiene que ser tan parecido a sus congéneres como ellos a él. La parte irracional dice que hay millones de diferencias entre él y el resto. Ambas partes se ponen a discutir dentro de la mente del hombre de forma incluso cómica mientras él sigue escribiendo, esperando a que alguien le salve de su locura. Quizás alguna bella chica de cabello oscuro y rostro inocente que le haga sentir deseos corruptivos o quizás algún superhéroe con un traje de chillones azules eléctricos que le haga vivir aventuras idílicas en un mundo que no existe.
O quizás, espera lo contrario. A que nadie le salve. A que todos le dejen solo y él al fin pueda hacer lo que quiera, como quiera y cuando quiera. Porque, si está solo, ya no tendrá que ser educado, ni limpio, ni responsable, ni tendrá a nadie a quien complacer ni a nadie a quien decepcionar. Pero seguiría sin ser feliz. Se pregunta entonces por qué las personas no pueden aparecer y desaparecer a conveniencia. Por qué no podemos estar con las personas que queremos y alejarnos de las personas que no deseamos. Al parecer, no somos los dueños de nuestra vida. No hay nada que podamos controlar. Si pudiéramos descubrir más de lo que podemos hacer, sabríamos entonces que hay mucho más detrás de eso. ¿Es esto la vida? ¿Jugar a aprender todas las cosas posibles antes de convertirnos en seres atrapados en una rutina que quita el sentido de nuestra vida y nos hace creer que mañana algo va a ser diferente? Nada es diferente. Ni lo será nunca. Somos personas que escribimos cosas en muros blancos. Y si alguien nos ve escribiendo esas cosas, se nos llevarán en un furgón y nos aislarán como a una colonia de leprosos. Y así se perfeccionará la humanidad. Así nacerán las máquinas.

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