Un hombre anda hacia un gran
edificio blanco. Piensa que es basura. Piensa que puede arreglarlo. Coge un
enorme pincel negro y empieza a escribir grandes palabras en los muros lisos.
Ignorancia. Abstracción. Ceguera.
Soberbia. Libertad.
Dos hombres vestidos de negro le
cogen de los brazos y se lo llevan. Le meten en un furgón como a un animal
salvaje. No vuelve a saberse nada más del hombre, mas las palabras que ha
escrito permanecen en el edificio, apiladas como libros. Cada palabra es el
lomo de un libro cuyas palabras se ven diferentes a ojos de cada lector. Para
la mayoría, sólo son las palabras que un hombre que ya no existe en la sociedad
ha escrito. Pero los que de veras son inteligentes, ven ahí la vida de un
hombre, resumida en cinco palabras. Las aflicciones y los deseos, los odios y
los gustos.
Bah, a la mierda. Hoy no estoy
inspirado, dijo el hombre. Y el hombre no fue escuchado. ¿Por qué lo escribió?
A día de hoy, sigue creyendo que debería parar, pues esto no está yendo a
ningún sitio. Pero algo dentro de él le impulsa a seguir. No siente que esté en
condiciones de parar. Una parte pequeña e irracional dentro de su cabeza le
hace pensar que quizás lo que hoy redacte le servirá mañana para algo más
grande. ¿Es esto en lo que consiste su vida? ¿En construir piezas para un gran
artificio que nunca existirá? ¿En hacer algo distinto al resto para terminar de
la misma forma?
La parte racional de su mente
sabe que él no es tan distinto a todos los demás. Puesto que todos somos
personas, todos estamos hechos con la misma carne, los mismos huesos y el mismo
cerebro, ligeramente modificado al azar inspirándose en las mezclas de sus
antepasados. Si todos vienen del mismo sitio, él tiene que ser tan parecido a
sus congéneres como ellos a él. La parte irracional dice que hay millones de
diferencias entre él y el resto. Ambas partes se ponen a discutir dentro de la
mente del hombre de forma incluso cómica mientras él sigue escribiendo,
esperando a que alguien le salve de su locura. Quizás alguna bella chica de
cabello oscuro y rostro inocente que le haga sentir deseos corruptivos o quizás
algún superhéroe con un traje de chillones azules eléctricos que le haga vivir
aventuras idílicas en un mundo que no existe.
O quizás, espera lo contrario. A
que nadie le salve. A que todos le dejen solo y él al fin pueda hacer lo que
quiera, como quiera y cuando quiera. Porque, si está solo, ya no tendrá que ser
educado, ni limpio, ni responsable, ni tendrá a nadie a quien complacer ni a
nadie a quien decepcionar. Pero seguiría sin ser feliz. Se pregunta entonces
por qué las personas no pueden aparecer y desaparecer a conveniencia. Por qué
no podemos estar con las personas que queremos y alejarnos de las personas que
no deseamos. Al parecer, no somos los dueños de nuestra vida. No hay nada que
podamos controlar. Si pudiéramos descubrir más de lo que podemos hacer,
sabríamos entonces que hay mucho más detrás de eso. ¿Es esto la vida? ¿Jugar a
aprender todas las cosas posibles antes de convertirnos en seres atrapados en
una rutina que quita el sentido de nuestra vida y nos hace creer que mañana
algo va a ser diferente? Nada es diferente. Ni lo será nunca. Somos personas
que escribimos cosas en muros blancos. Y si alguien nos ve escribiendo esas
cosas, se nos llevarán en un furgón y nos aislarán como a una colonia de
leprosos. Y así se perfeccionará la humanidad. Así nacerán las máquinas.
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