Es de noche, poco tarde. Truenos lejanos se susurran en el cielo acariciando mis oídos como una nana sin música. Tras una sesión de lectura de un antiguo tebeo americano de los años 40, el calor me impulsa a abrir la puerta del balcón de mi habitación, a pesar de los mosquitos que vagan en busca de luz y víctimas de las que alimentarse. A lo lejos, quizás desde la calle, quizás desde un local cuya existencia desconocía y desconozco, puedo escuchar los revoloteos de una guitarra eléctrica tocando blues como si el mismo B.B King la hiciera cantar. Un piano se oye muy levemente, las melodías que hace me resultan casi ininterpretables, pero puedo escucharlo. A pesar de que la lejanía me impide escuchar tan reconfortante música como ésta merece, esa guitarra distante y cercana me hace sonreír e imaginar que, si yo estuviera ahí, lo pasaría bien sentado y escuchando a los maestros.
Las melodías que el instrumento me hace llegar, distorsionadas por la distancia y la brisa, me hacen recordar canciones del mismo género. Canciones sobre hombres que no son amados por sus mujeres, que pierden la dignidad suplicando otra oportunidad. Y de ahí, pasé a recordar que, ahora que estoy en la ciudad, solo, lejos de mi casa, ella está ahora más cerca de mí, pero yo sigo estando a millas de poder llegar a ella.
Antaño hubiera sido diferente, y ahora podría ir a buscarla y hacer de esta noche una buena velada para el recuerdo. Pero ya no es así, y, aunque me duela decirlo, a estas alturas es mejor así.
Un avión pasa cerca. La música es apenas audible. Con el pecho oprimido por la melancólica nostalgia y mi mente trabajando en horas destinadas a su descanso, me puse ropa ligera y salí a la calle. No parecía haber nadie, salvo un anciano fumando en un portal oxidado y un gato escuálido de color grisáceo que deambulaba con movimientos nerviosos.
Sin embargo, tenía esperanzas de encontrar a alguien más. Alguien. Esperanzas que yo sabía que eran vanas, pero de las que no podía deshecharme.
Un dolor agudo iba de mi pecho a mi garganta, como un cable tenso atado a ambas partes. Sin embargo, la música aún era audible. Si bien no me sentía del todo bien, algo dentro de mí me impulsó a seguir esa música a través de la calle. Poca gente encontré a esa hora vagando, salvo a un hombre delgado paseando a un bulldog de aspecto manso y a una prostituta de rostro envejecido y tosiendo violentamente.
Pasa una hora. El sueño empezaba a apoderarse de mí, venciendo al eco de mis miserables cavilaciones. No hay nadie en la calle.
Nadie.
Mi dolor no cesa y respiro con punzante dificultad. Mi instinto mueve una mano hacia el pecho y hace que me lo agarre como si intentara sacar a un ente perjudicial de mí. La música se oye lejos. Ya no sé qué dirección tomar. No sé a dónde ir. No sé a donde iré. Sólo sé dónde estuve.Ahora, el dolor dibuja una mueca en mí, haciéndome presionar los dientes y los párpados. Siento un pitido en mi oreja y presión en el interior de mi nariz y en mi garganta.
De repente, nada.
Mi cuerpo impacta contra el suelo, o el suelo se abalanza contra mi cuerpo. Oigo de nuevo esa guitarra. Está cerca, muy cerca. Puedo imaginar las cuerdas presionándose en el mástil a la vez que suenan. Pero no puedo moverme. Mi cuerpo se encuentra paralizado. Intento gritar para pedir auxilio, pero de mi boca sólo sale aire y un inaudible hilo de voz ininteligible. Mis ojos pueden moverse. Veo unos pies descalzos en la carretera. Ya no escucho la guitarra. Suena, pero sólo puedo escuchar un zumbido estático y grave que acelera mis pulsaciones. No alcanzó a ver más alto para descubrir de quien son esas delgadas piernas. Ahora, mi acompañante anda. Mi acompañante. Ya sé quién es. Ella anda, alejándose de mi cuerpo . Puedo ver su ropa ligera y su melena rojiza, algo despeinada. Un alarido sale desde mi pecho para mi sorpresa. Ella se detiene y se gira hacia mí y veo su hermosa cara una vez más, esperando que algo sucediera. Su faz parece derretirse como la cera de una vela. Sólo quedan sus huesos, que mantienen inexplicablemente la misma postura. Poca carne sigue rodeando sus huesos, y cada pequeño trozo está cubierto por pequeños gusanos blancos que culebrean en sus restos. No puedo contener una arcada por los repugnantes organismos devorando la carne de lo que hacía unos segundos era mi amada. Al rato, puedo contemplar como toda la calle está llena de esos esqueletos descomponiendose. Algunos de ellos mantienen algunas partes del cuerpo con toda la estructura muscular que les corresponde, otros prácticamente nada. Tuve que esforzarme de veras en no vomitar ante esa espeluznante y nauseabunda imagen. Ese zumbido extraño que sonaba en mi oído me ahogaba como una marea que me arrastraba con todos esos cadáveres en descomposición. Cerré los ojos con fuerza. Esperé unos cinco segundos. Al volver a abrirlos, los cadáveres ya no estaban. Los gusanos, blancos, pequeños, como un mar de putrefacción se agruparon y lo que hacían era dirigirse hacia mí. Ni siquiera podía ver la ciudad en la que estaba. Sólo gusanos, hasta donde alcanzaba mi vista. Esta vez ningún esfuerzo pudo evitar que vomitara, manchando parte de mi pecho. Los gusanos, viscosos y de tacto escalofriante, me cubrieron todo el cuerpo, hasta dejarme sin visión. Aunque mantenía mi boca cerrada para que esos pequeños seres no entraran dentro de mí, no podía dejar de gritar echando el aire por la nariz y las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos cerrados.
De repente, una vez más, nada.
Estoy en una bañera con agua muy caliente. Toda mi cabeza se encuentra sumergida excepto mi boca y mi nariz, con lo que puedo respirar. Oigo música. B.B King está sonando en algún lugar y bajo el agua, le oigo de una forma curiosa. Algunos sonidos son muy poco claros mientras que otros suenan cristalinos, aunque más bajos de lo que deberían, finos como el vuelo de un pájaro de un raro metal celeste.
Levanto mi cabeza y, efectivamente, el tocadiscos estaba a mi lado, con un álbum del infame rey del blues amenizando mi relajante baño. ¿Fue esto un simple sueño,o acaso estoy en el purgatorio? ¿O acaso aquello era el purgatorio y ahora vuelvo a estar vivo? Fue todo un sueño, apunta la lógica, pero me niego a creerla. No podía serlo. No podía serlo. Porque... Me negaba a creerlo. Y, sin embargo, ahí estaba, siguiendo mi vida en la realidad, que era más parecida a un sueño que esa oda a la muerte acababa de... ¿vivir? Qué irónico.
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