Mi vida, últimamente, ha sido, por así decirlo, un poco más aburrida de lo que esperaba hace un año o dos, cuando dejaba pasar el tiempo con auto-promesas de libertad y de poder hacer muchísimas cosas que antes no podía hacer sin dar explicaciones a nadie.
Hace ya varios meses que empecé mi primer año de universidad. Aun cuando tenía confianza en mí mismo, mis padres decidieron que, después de haber vivido dieciocho años en un pueblo pequeño y poco civilizado, era conveniente que estudiara en un sitio no tan grande como una ciudad. O sea… Otro pueblo pequeño y poco civilizado. Al menos, he pasado de la montaña al mar, no es un mal cambio. La gente es amable y ciudad en la que estudio está sólo a un viaje de tren de aquí. A pesar de eso, hay algo que falta, algo que necesitaba encontrar desde el primer instante en el que me fui.
A menudo ando por un grupo de grandes rocas que desde la playa se adentran hasta unos cien metros hacia el mar, por la noche, cuando la marea las hace visibles. Se ha convertido en una especie de lugar de meditación para mí. Siento cómo las olas me mojan un poco las suelas de los zapatos mientras reflexiono mirando las lucecitas de la costa y pienso en cosas de todo tipo, desde las más profundas reflexiones a “¿Quién ganaría en una pelea, mi madre o Genghis Khan?”. El hecho de que pase tanto tiempo ahí puede que sea un motivo por el cual no he podido mantener ningún contacto social significativo con nadie hasta la fecha. Sin embargo, no es el único modo que tengo de evadirme de ello.
Desde hace un mes o así empecé a jugar a un juego online de simulación de vida, uno que me recuerda a la vida que tengo aquí. Bidimensional, casas que flotan encima del agua, estilo de gráficos “viejos” y con poca gente. Desarrollado de forma independiente por una sola persona. No es un juego tan popular como otros como los Sims o vete a saber qué otros, pero es sencillo y pacífico, como mi vida actual. Tal vez no esté hecho para el cambio, después de todo. He tenido contacto con algunos de los otros jugadores, dentro del juego, no creo que lleguen a los 1000. Aunque nada significativo. A veces sólo vago por ahí para ver cuán extenso es un mundo quizás destinado a abarcar millones y habitado por unos cientos. A menudo encuentro paisajes magníficos hechos con píxeles. Obras de arte que han llevado mucha dedicación, aunque es probable que mi descripción se quede corta para expresar cómo son de bellos. Nunca he sido una persona de muchas palabras.
Mi vida se resume en: mañana=universidad, tarde=dormir, primera parte de la noche=rocas y segunda parte de la noche=juego y estudiar. Y, durante todos esos horarios, me pregunto si algún día algo de esa rutina cambiará, o si querré siquiera que cambie.
Vuelvo a casa después de un par de horas en las rocas. Me pongo unos pantalones secos y vuelvo al juego. Hoy no tengo trabajo que hacer, así que simplemente me pongo algo de música mientras juego y me olvido de todo. La última vez que guardé el juego, estaba en un punto muy alejado de mi casa, donde no había ningún jugador. Quizás por exploración, quizás para comprobar hasta qué punto se extiende el espacio del juego. Anduve durante aproximadamente una hora mientras iba cantando las canciones que la reproducción aleatoria iba reproduciendo. Finalmente, llegué a un extremo en el que sólo había un acantilado y mar. Lo usual habría sido pensar que ese era el extremo, pero era poco satisfactorio. No parecía propio de un desarrollador que había creado obras de arte magníficas para paisajes casi kilométricos destinados a ser vistos por poca gente. Sin pensarlo, salté al vacío y caí al agua. Era la única parte del juego en la que adentrarse a bucear por debajo del nivel de las casas era posible. La pantalla avanzaba conmigo. En ese momento esperaba que se diera algún error de programación, pero no. Todo estaba calculado para nuestro diseñador. Y ahí encontré ni más ni menos que un nuevo sub-mundo con un tema totalmente distinto al del juego de ahí arriba. Un lugar lleno de habitaciones de tipo futurista, con diversas plantas, de colores metálicos, con un jardín botánico, camarotes… Pero completamente vacío. O eso pensaba yo. Lo exploré un poco hasta que se me hizo la hora de irme a la universidad. No apagué el juego antes de irme, con lo que mi personaje seguía ahí, inanimado, pero presente al fin y al cabo.
Al volver, oh, sorpresa, alguien. Otro jugador, de sexo femenino, llamado Bellona, como la diosa romana de la guerra. Curiosa elección. Parecía que me había dejado un mensaje hacía aproximadamente una hora. Un simple “Hola”. Respondí lo mismo con la esperanza de que me respondiera pronto. Lo hizo al instante.
- Bienvenido a donde ningún hombre ha llegado jamás.
- ¿Eres la única persona aquí abajo?
- Soy la única persona que lo conoce. Lo he creado yo.
En ese momento me di cuenta. Era el creador del juego. O, al parecer, creadora. Añadió:
- Se me ocurrió viendo de nuevo el primer episodio de una serie que me gusta mucho.
Con esa frase, dio lugar a una conversación que duró horas. Ni siquiera tuve sueño, a pesar de que a esas horas de la tarde solía estar durmiendo. Ese día ni siquiera tuve la necesidad de ir a las rocas a meditar. Era la primera vez en bastante tiempo que tenía una conversación tan interesante. Me sentí feliz. Realmente feliz. Resultó ser de la ciudad en la que estudio, cosa que llevó inevitablemente a una proposición de encontrarnos en la vida real por mi parte. Lo cierto es que no estaba muy convencido de ello, pero me di cuenta de que me iba a arrepentir si dejaba pasar una oportunidad como esa.
- No estoy segura de que sea una buena idea… – Me contestó. –No se me da bien la gente en la vida real.
- A mí tampoco, pero de alguna forma hay que aprender. – Dije yo, tratando de animarla.
Realmente estaba entusiasmado, aunque por un momento se me pasó por la cabeza la idea de que tal vez no querría, que la estaba molestando. Pero ese pensamiento se disipó rápidamente cuando aceptó mi invitación. Como el día siguiente era sábado, pensamos quedar ese mismo día. Quedamos en mi pueblo, con tal de poder estar en un ambiente como el del juego. Miré la hora y me di cuenta de que ya eran de madrugada. Ni siquiera me había acordado de cenar. Fue la primera noche desde hacía mucho que no iba a las rocas.
Al día siguiente, fui a recibirla a la estación de tren. Era preciosa. Pelo ligeramente ondulado y bastante largo, de color castaño muy oscuro, no parecía tener más de veinte años, aunque era bastante alta. Sus pupilas eran como agujeros negros en el espacio, capaces de atraer a la antimateria, y sus irises eran de un color esmeralda con aparentes destellos ligeramente amarilláceos, sutiles pero ahí presentes, formando un tapiz semivacío perfectamente simétrico. Parecía que me hubiera enamorado de sus ojos, como si deseara sumergirme en ellos. Su expresión reflejaba timidez y algo de inseguridad. Esos ojos perfectos se dirigían a cualquier parte de forma repentina y nerviosa, como el vuelo de una avispa, con la cabeza levemente inclinada y los labios en una curiosa forma que parecía tratar de evadir la sonrisa. Parecía un ángel perdido y confuso en un mundo de mortales que apenas puede relacionar con nada que haya visto antes. Me encaminé hacia ella. Nuestros cuerpos estaban a aproximadamente un metro de distancia. Hicimos contacto visual. No creo que durara más de tres segundos, pero en ese tiempo sentí como si el eco todos mis pensamientos retumbaran dentro de una campana de bronce situada alrededor de mi cabeza.
- Hola. – Saludó tímidamente.
Reaccioné a ese “Hola” tras varios segundos de haber sido dicho, como si el sonido me hubiera llegado años después de percibir su movimiento labial.
- Hola. – Le respondí de la misma forma. Estaba algo desorientado.
Eran aproximadamente las ocho de la tarde. Pensé en traerla a pasear por el núcleo del pueblo para buscar algún restaurante para cenar que le pareciera apetecible. Nuestra conversación durante ese rato fue más bien limitada y superficial. A pesar de todo, intenté que ella se sintiera cómoda con la situación. Después de cenar, la traje a las rocas, esperando poder hablar ahí con más facilidad. Cuando llegamos a la roca más lejana y grande, yo me senté a pesar del agua. No pensaba que ella fuera a hacerlo, pero al final ella se sentó también a mi lado.
- Me he fijado en los paisajes de tu juego, son increíbles. – Le comenté.
- Gracias. – Dijo ella de forma tímida. – La verdad es que no me cuesta nada hacerlos.
- ¿Cómo puedes dedicar tanto tiempo a crear arte para un juego tan poco poblado?
- Pues… Bueno… – Intentó explicar.
- No tendrás una máquina de parar el tiempo, ¿no? – Bromeé para tratar de aliviar la tensión.
- El caso es que, desde pequeña, nunca he tenido amigos. La gente siempre se ha alejado de mí y, aunque he aprendido a vivir con ello, creé mi propio mundo en el ordenador. Un mundo en el que pudiera venir gente aleatoria de cualquier parte y en la que pudiera ser una persona más en una comunidad que me gustara. Por eso le dedico tanto tiempo. Por eso he creado una nueva ciudad debajo de la ciudad real cuando ya no había más por hacer arriba. No importa cuánta gente pueda verlo. Para mí, ese juego es como el hogar que nunca he tenido. Y tal vez, con la creación del juego tuviera la esperanza de encontrar a personas a las que considerar mis amigos. Podría ser que tú fueras la primera de esas personas…
Entonces la abracé, sin poder comprender cómo alguien así había sido rechazada por sus iguales durante tanto tiempo, pero, a la vez, suponiendo por qué. Era la primera vez que abrazaba a alguien desde hacía tal vez años. Casi había olvidado lo bien que sentaba…
- ¿Podrías decirme tu nombre real, por favor? – Le dije.
- ¿M-mi nombre…? – Preguntó sorprendida, como si fuera algo muy íntimo. – ¿Por qué no me dices tú el tuyo antes?
- Mi nombre de usuario en el juego es el real. Anda, dímelo. ¿Tan feo es? – Le pregunté de broma.
- N-no… Es sólo que… Bueno, eso… – Trató de excusarse.
- Es igual, no importa. Lo entiendo, te da cosa, apenas nos conocemos y tal. Ya me lo dirás otro día. – La calmé, tratando de mostrar cordialidad.
Estuvimos ahí un rato más, mirando a la costa y diciendo cosas ocasionales. Cuando ya era tarde, volvimos a la costa y me ofrecía a acompañarla en el viaje en tren y hasta su casa. Durante el viaje no dijimos mucho. Sólo estuvimos muy pegados. Era una sensación agradable y extrañamente nueva. De esas cosas que son tan antiguas que pueden ser nuevas otra vez al repetirse una y otra vez después de mucho tiempo. Ella apoyó la cabeza en mi hombro durante casi todo el viaje, extrañamente sin que aquello me pareciera molesto.
Su casa era bastante pequeña y modesta. Un piso en pleno núcleo urbano. Al llegar, me dijo que tenía un proyector, y me propuso ver algunos capítulos de esa serie que nos gusta a los dos. Empezó a quitarse la chaqueta cuando, de repente, empezó a toquetearse los bolsillos nerviosamente.
- ¿Ocurre algo? – Le pregunté, extrañado.
- Mi cartera, la he perdido, joder. – Respondió, pareciendo exageradamente irritada.
- A ver, cálmate. – Traté de decirle. – ¿Estás segura de que la traías?
-Pues claro que la traía, ¿con qué te crees que he pagado la cena, imbécil? – Dijo enfadada levantando la voz.
- S-sólo intento ayudar… – Dije asustado con la cabeza en bajo.
- Pues no ayudas en nada, ¿sabes? Me cago en todo, seguro que la he perdido en tu puta piedra del mar, seguro que se me ha caído ahí y venga, todo el dinero que llevaba y toda mi identificación a la puta mierda. Espero que estés contento, gilipollas. Ojalá no te hubiera conocido, estoy muy bien sola, ¿sabes? ¡No necesito a un puto cretino que me traiga por la playa como si tuviéramos quince putos años, coño!
Parecía realmente enfadada. Su respiración era fuerte y pesada como la de un gran animal herido. Sus ojos dejaron de ser bonitos para parecer intimidantes, pero no era todo. Estaban perdidos, abiertos, como ocultando algo. Su expresión tímida era ahora una mueca de ira que hacía apartar la vista como si pudieras morir al mirarlo. Sin embargo, yo la miré. La miré a la cara durante segundos que parecieron durar mil años. No me atrevía a moverme. Parecía que el aire quemara. Mi corazón latía tan fuerte que podía notarlo en mis oídos, como una sucesión de bombas cayendo alrededor.
Su expresión empezaba a cambiar. Su mueca de ira se disipaba. Su ceño cesó de fruncirse para alzarse en asombro, como si no hubiera sido ella misma. Sus ojos intimidantes empezaron a derramar lágrimas. Corrió hacia mí y me abrazó con todas sus fuerzas, sollozando como una niña asustada y diciendo “Lo siento” una y otra vez. No fui capaz de devolverle el abrazo. La acompañé hasta el sofá y me senté junto a ella. Traté de dejar un cierto espacio, pero ella me agarró como si quisiera escaparme. Pasados unos segundos me soltó y me pidió que le trajera un vaso de agua. Fui al grifo de la cocina a llenar un vaso. Cuando volví a subir, tenía dos cajas de pastillas sobre la mesa. Una era de antidepresivos. En el otro ponía “carbonato de litio”. Se tomó una pastilla de cada caja y nos sentamos juntos en el sofá durante unos minutos mirando al vacío sin decir nada. Ella aún lloraba un poco, cada vez menos.
- Dawn…
- ¿Perdón? – Dije sorprendido.
- Mi nombre real es Dawn. Y tengo trastorno explosivo intermitente. Tengo ataques de ira incontrolada. He llegado a romperle un brazo a mi hermano en uno de esos ataques… Estuvo meses sin hablarme.
No dije nada.
- Ahora… – Añadió con una falsa sonrisa. – Ahora ya sabes por qué no tengo amigos. De pequeña no los tuve porque era rara. Cuando empezó mi adolescencia dejé de tenerlos por culpa de eso. Las únicas personas que miran por mi bienestar son los psiquiatras que me dan la mierda que me tomo para controlarlo. Por eso no pensé que fuese buena idea. He tratado de confiar en mí misma y, además de fallarme a mí misma, te he fallado a ti, cosa que lamento todavía más. Si quieres alejarte de mí y no volver a tener ningún contacto conmigo, lo entenderé. Quizás algún día aprenda a comportarme como una persona normal.
Sentía cómo mi corazón se encogía a cada palabra que decía. De nuevo, esa sensación de ideas retumbando en una campana alrededor de mi cabeza volvía hacia mí. Sentí correr una lágrima por mi mejilla izquierda. Le di un beso en la mejilla y la abracé al lado del sofá sin mediar palabra. Ella me correspondió el abrazo y pasamos así largos minutos hasta que ambos caímos dormidos. Al día siguiente, encontramos su cartera en el bolsillo interno de su chaqueta. No hablamos del asunto.
Mientras tanto, a varios kilómetros hacia el este, en una playa de un pequeño pueblo, la marea empezaba a cubrir las rocas que se adentraban hasta unos cien metros hacia el mar.
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