Lo primero que veo somos tú y yo tumbándonos en la playa.
El mar está tranquilo y el cielo, algo nublado, pero sigue tendiendo un color bonito y los rayos de sol aún nos alcanzan.
Estoy en el suelo con las piernas cruzadas y la espalda enderezada, algo curva. Tu espalda se apoya en mi vientre y nuestras manos se tocan sobre tu pecho.
Es un momento que podría durar para siempre. Nuestras mentes son asoladas juntas por una paz que no parece conocer fin y flotamos en una especie de paraíso minúsculo encerrado en una burbuja que flota en el vacío, indefensa pero invulnerable.
¿Cómo hemos llegado ahí? Quizás hayas cogido el tren, quizás lo haya cogido yo. Quizás ha sido antes del beso o quizás después. Nada de eso importa. Todas las incógnitas se disuelven en el exterior de la burbuja como un cirrus que la envuelve. Pero no lo vemos. No ahora. Ahora sólo nos vemos ahí, en la playa, como una sola entidad compuesta por dos piezas que no se pudieron juntar hasta ese momento. Tal vez porque ambas desprenden tal energía que la conciencia cósmica del universo no se atrevió a ponerlas juntas.
Sí. Tal vez cuando nos encontremos la energía que desprenderemos asustará al cosmos y descubrirá que somos más fuertes que él.
Algún día.
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