Muchos nos hemos preguntado alguna vez eso, o algo similar. Una pregunta que sin su contexto se podría percibir como un reflejo del narcisismo del interlocutor en cuestión, pero que se suele decir como expresión de hastío. Y es la mar de comprensible, porque todos en algún momento de nuestra vida y seguramente muchos más, hemos sido “víctimas” de una persona que claramente era demasiado “estúpida” para tener que “aguantarla” nosotros con el día que llevamos, ¿a que sí? Pero hay gran parte de verdad en la primera asunción con respecto a esta frase: se dice desde el ego. No siempre desde el narcisismo, pero desde luego sí desde el ego. Esa incapacidad para ver a los otros como iguales, que en algunos casos puede ser bueno y en otras no tanto. Nos ayuda a valernos por nosotros mismos, pero nos dificulta el comprender por qué hay gente así en el mundo, y por qué parece que constituya la mayor parte de la población del mismo. Es, evidentemente, un problema. ¿Por qué no será todo el mundo tan inteligente como yo? ¿Quién tiene la culpa de que estemos así? ¿Es él? Claro, tiene sentido. Es él. ¡Al fuego con él! Y ahora que ya esta quemado el culpable, todos contentos, ¿no?
Desgraciadamente el mundo no funciona así. Hay culpables, sí, todo se puede atribuir a una causa primera, pero eso sólo nos sugiere un abanico infinito de soluciones posibles, muchas de las cuales seguramente no harían sino empeorar la situación, aunque en un principio parezca zanjar un problema a priori importante. Es lo que siempre nos han dicho que se conoce como efecto mariposa, una de las teorías del caos. En realidad, buena parte de los mayores problemas que existen en la sociedad actual son soluciones arcaicas que han acabado convirtiéndose en un problema que ya no podemos deshacer por mucho que nos esforcemos, en muchos casos parcialmente por interés de un tercero al que ya le va bien que el mundo siga yendo como va para mantener a flote su chiringuito. Véase si no como el dinero, un elemento creado originalmente para regular mercados de forma justa, y usado por culturas tan antiguas como Mesopotamia o el pueblo Maya, ha acabado desembocando en el capitalismo, el sistema político por el cual se rige nuestro mundo en el que parece que no se puede hacer nada si no va a darnos dinero, por no hablar de burbujas económicas, inflación y el sinfín de problemas que una solución tan aparentemente perfecta puede causar.
El sistema educativo actual es otro ejemplo bastante claro de eso, y, pienso, a menudo es la causa del que nos encontremos a la clase de gente antes mencionada. Pero, ¿por qué? Para explicarlo, tenemos que deducir por qué existió (que no por qué existe) el sistema educativo moderno en primer lugar. Durante una gran extensión de nuestra historia reciente la educación como servicio rara vez ha sido una posibilidad, incluso cuando ese servicio se ha ofrecido de manera gratuita. Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XVIII se dio en Europa el movimiento conocido como la Ilustración. De repente, el saber estaba de moda entre la burguesía y los aristócratas, y el conocimiento científico y filosófico se empezó a divulgar a gran escala por vez primera desde hacía siglos, y no ha parado desde entonces, estando hoy día en la era del conocimiento en la que todo el mundo puede consultar cualquier fuente de información contenida en la base de datos más grande que se haya concebido jamás en un dispositivo electrónico que cabe en la palma de la mano. A partir de aquí, en algún momento dado de la historia que no conozco, porque no soy historiador, la educación empezaría a ser, además de pública, obligatoria, y eso significaría que hay que decidir qué es lo mínimo que debe saber una persona por obligación del gobierno, así que es lógico que el mismo gobierno sea quién lo decida, creando una delegación especial para ello formada por especialistas en el tema, así como con los demás servicios públicos. Los niños de ahora en adelante crecerían aprendiendo números, letras, ciencias y humanidades y así ya no habría más ignorancia en el mundo, ¿a que no?
Evidentemente, ahora no concebimos un (primer) mundo en el que niños de diez años no sepan multiplicar, escribir, que la lluvia cae de las nubes o que la Tierra gira alrededor del Sol (si luego dejan de creerlo de mayores ya es cosa suya), y todos estamos de acuerdo en que es mejor de este modo. Lo primero, no el paréntesis, ojo. Entonces, ¿cuál es el problema? Pues como siempre, el problema es la sociedad, y por varios motivos. El primero y más evidente, es que este sistema nos ha llevado a una serie de etiquetas que parecen evaluar al sujeto en función de su posición estudiantil. Nini es el desgraciado que ni estudia ni trabaja. El repetidor es aquel pobre tonto que ha tenido que repetir un curso. El empollón es aquel tonto que memoriza y escupe todo lo que tiene que saber pero no lo que significa. Y cuando eres demasiado corto para entender de lenguaje, eres disléxico. ¿Cuál es el patrón de todos ellos? Todos suponen un reto para ese sistema que se pensó para el estudiante medio, probablemente sin mala intención. Pero el sistema no enseña a nadie cómo tratarlos, porque es un tema delicado en el que podemos hacer más mal que bien. Por eso, hasta hace muy poco, y para alguna gente por siempre, esas personas no han recibido un trato acorde con sus necesidades. La culpa, por lo tanto, será de ellos, que son tontos. Cuánto trabajo nos ahorra eso, ¿verdad? Al fin y al cabo, ya hay muchos idiotas en el mundo, ¿qué más da meter en el saco a unos más?
Por lo tanto, deducimos que el sistema es, en su mayor parte, no inclusivo. ¿Es por eso que hay tanto idiota suelto en el mundo? Sí y no. Recordemos que este sistema se creó sin ningún estándar previo, y el mundo tal y como lo conocemos hoy se ha amoldado a su forma y lo ha tomado como referente para evaluar cómo de “listo” es alguien, cosa que acabamos de ver. En los últimos años, sin embargo, hemos visto pequeños cambios con respecto al pasado más reciente. Las personas con dislexia reciben ciertas ayudas con respecto a su condición, hay profesores particulares que ayudan a aquellos que no pueden seguir el ritmo del resto de la clase, psicopedagogos que ofrecen sus servicios en los mismos centros, escuelas especiales para gente con una discapacidad concreta desde la ceguera al autismo y a saber qué más, pero el mundo sigue lleno de idiotas y ahora es cuando alguien podría preguntarse cuántos cambios más necesitaremos para sacar el sistema educativo actual de la obsolescencia. ¿Cuántas reformas educativas más, señor ministro? Desgraciadamente, al final mi conclusión es la siguiente: en nuestro sistema educativo faltan algunas asignaturas y otras, sobran. No es una conclusión nueva, evidentemente, se ha estado diciendo durante décadas, pero, ¿qué es exactamente lo que falta y lo que sobra?
Ahora, tras cinco largos párrafos haciendo crónica y mofa del sistema educativo a nivel general, me dispongo a señalar al segundo culpable de la situación: los padres. Lo sé, otra respuesta muy original y nunca antes comentada, pero, si pensamos en ello, todas y cada una de las personas que conocemos son en su mayor parte el resultado de la educación recibida por sus padres, por su colegio y por su entorno. El entorno es el único de los tres factores cuyo impacto en el desarrollo es completamente impredecible, y el único que permanece siempre con nosotros, con lo cual la función de tanto los padres como el colegio es impedir que un mal entorno “arruine” a la persona, mientras sea su responsabilidad legal hacerlo. Y, si uno observa con atención, todas esas personas que nos parecen idiotas a menudo parecen haber sufrido un desarrollo anormal por parte de uno de los tres factores, o puede que todos ellos, dejando a la persona indefensa ante posibles amenazas. ¿Qué amenazas? Cuando esperamos que la educación nos saque de apuros, generalmente son situaciones cotidianas, lo cual probablemente fue la base para decidir qué cosas de la educación serían obligatorias y cuáles no, y tal y como se diseñó en ese entonces, sigue haciendo las mismas funciones y eso está bien. Pero, de nuevo, la sociedad cambia, y hoy en día, gracias a internet, más rápido de lo que lo ha hecho en mucho tiempo. Y uno de los cambios más relevantes que internet ha llevado a nuestras vidas ha sido la visibilización de minorías. Dicha visibilización nos ha llevado a ver que aquello que considerábamos “minorías” no son tan infrecuentes como creíamos, y es que muchos han (y hemos) usado ese medio para definirnos de formas que no habríamos usado en nuestro día a día por temor a causar una impresión negativa para darnos cuenta de que es más fácil encontrar aceptación desde el anonimato, y todos aquellos que formaban parte de una minoría de forma anónima ahora reivindican lo que son sin temor. Probablemente muchos estén pensando en el colectivo LGBT+, que es uno de los que más ha dado que hablar gracias a eso, pero yo pienso en otro colectivo minoritario: personas con trastornos psicológicos.
La psicología ha avanzado de forma portentosa durante el siglo XX, y actualmente muchos de esos avances están empezando a verse repercutiendo en la sociedad y en nuestra forma de tratar ciertos temas o a ciertas personas. Y, sin embargo, no hay una divulgación muy extensa de ello fuera de internet, que es precisamente el espacio que mucha gente usa para pedir ayuda y ayudar con problemas de salud mental. Existe un cierto estigma con respecto a trastornos tan comunes como la ansiedad o la depresión. La misma palabra “trastorno” nos parece muy cercana a “locura”, semánticamente hablando. Y parece que en este mundo nadie quiere estar loco. Nadie quiere ser ese señor con el pelo grasoso, un embudo por sombrero y una camisa de fuerza. En definitiva, es otro tabú, y lo peor, un tabú implícito, y no explícito, lo cual agrava la situación, considerando lo frecuente que es sufrirlo. ¿Qué nos dice nuestro sistema educativo para prevenirnos de estos males tan comunes o ayudar a quienes los padezcan?
Por lo general, nada. De hecho, mucha gente opina que esa clase de educación debería correr a cargo de los padres, por la sencilla razón de que… No sé, con la educación sexual se decía lo mismo, ya irán ustedes a buscar por qué. Pero el problema es que los padres no tienen por qué saber esas cosas. Muchos de ellos probablemente no las sepan. Y ello se debería a que nadie se lo ha enseñado cuando ellos fueron niños y entraríamos en un círculo vicioso. Alguna vez he pensado que la paternidad es una tarea demasiado importante como para dejarla hacer sin preparación, pero, por supuesto, convertir la posibilidad de tener hijos en otro proceso burocrático parece ser peor remedio que la enfermedad, así que la otra opción sería que se nos enseñara pedagogía en el colegio. Pero a nosotros no se nos enseña, pues aún somos demasiado jóvenes en ese momento para entender todo lo que supone criar a un hijo para que no tenga una/s carencia/s emocional/es que le lleven a adoptar un perfil psicológico que se interponga con nuestros “estándares de idiotez”. Sin embargo, se han impartido en muchos centros la asignatura de “ética”, pero esa asignatura siempre ha sido “la asignatura de religión para niños con padres ateos”, y religión siempre ha sido por muchos la asignatura de tocarse los huevos a dos manos, así que por ahí tampoco iríamos bien. ¿Cuál sería, entonces, la solución?
La solución es reiniciar el sistema educativo. Debo aprender a leer y a escribir para vivir en el mundo actual, pero, ¿por qué debo aprender a hacer análisis sintáctico si no voy a ser filólogo? Y, del espacio sobrante, una asignatura de pensamiento crítico, que nos ayude no sólo a poder entender lo que nos están enseñando, sino lo que nos van a enseñar, y, un poquito más adelante, también una de psicología, para dejar de ver a imbéciles y listos y empezara ver a personas. En esencia, se distanciaría del modelo que tenemos a medida que el alumnado empiece a desarrollar el pensamiento crítico, cosa que se inculcaría desde el principio para que le acompañe durante su desarrollo cognitivo. Y ya estaría, ¿no? Desgraciadamente, nuestro mundo es un rompecabezas que cambia todo el rato, y aunque tengamos una pieza aparentemente perfecta, el espacio donde debería encajar a menudo no tiene la forma que le corresponde. La cosa es que, propongamos lo que propongamos, el viejo sistema tiene las raíces muy largas, y a mucha gente no le apetecería verlas arrancadas para dar sitio a una semilla nueva. Y es normal, los cambios a gran escala asustan, pues no hay ninguna garantía de que vayan a funcionar. Así pues, ¿qué debería cambiar para que todo el mundo esté de acuerdo con un nuevo sistema educativo? El inconveniente real surge pues aquí: ninguna de las personas o entidades que controlan la sociedad quieren que el sistema educativo cambie demasiado, porque produce a la clase de idiotas cuya existencia puede a nosotros frustrarnos y a ellos financiarlos; cosa que, de nuevo, no es ninguna novedad. Y es que la revolución, incluso una tan pacífica como la del pensamiento, siempre empieza desde abajo.
Por ende, mi conclusión es que es nuestro deber para con el próspero desarrollo de nuestra sociedad que nuestros niños crezcan con el deber de cuestionarlo todo. Si al sistema no le interesa, hagámoslo sin él. Criemos a nuestros hijos para no aceptar ninguna noción preconcebida sin antes saber de dónde viene. Hagámoslo, y hagámosles hacer lo mismo con sus hijos, y así para que cada día otra persona piense más de lo que los de arriba querrían hasta que seamos más listos que ellos. Por siglos que hagan falta, será entonces cuando, por fin, el gobierno deba velar por el pueblo y no al contrario.
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