Tribulaciones y cavilaciones en reflexiones y canciones. Cojones.
sábado, 28 de diciembre de 2013
Ansiedad
Y llega un día en el que no tienes demasiado que hacer, te pones a pensar, meditar, cavilar o filosofar, como quieras llamarle y entonces es cuando llega eso. No es terrible, y sin duda no morirás ni enfermarás por ello. Y sin embargo, te hace sentir que morirás por ello o que enfermarás gravemente. Eso que te hace perder las ganas de todo excepto de acurrucarte en un rincón en el que nunca haya nadie y esperar a que el tiempo avance solo como si se pudiera morir allí para resucitar mucho tiempo más tarde, deseando que todo haya pasado y que, al despertar, todo lo que quieras pueda estar a tu abasto, como si fuera la solución a todo, huir y esperar a que todo pase. Sin embargo, no funciona así, porque no se puede desaparecer sin más y quedar inconsciente todo el tiempo, y entonces eso se te clava en el pecho mientras te presiona por la espalda y atraviesa tus pulmones y tu corazón como si se tratara de un tridente maldito que te hiere mortalmente mientras te obliga a seguir viviendo. Que te aflige el pecho sin dejarte respirar, ni dormir, ni comer, ni vivir. Y, mientras te priva de gustar de nada, hace que todo cuanto pasa a tu alrededor pase a un cuarto de la velocidad usual, alargando tu agonía hasta la saciedad como el mono de una droga. La falta de algo. De algo que no sabes qué es, pero que sabes que necesitas para dejar de sufrir. Y, sin embargo, te fundes en el estrés y en la angustia como si se te llevara, poco a poco, capa a capa de tu cuerpo, hasta que se te lleva y…
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