viernes, 10 de abril de 2015

Incorporeidad

Son las tres y media de la noche. Mi cuerpo está totalmente quieto, obviando mis funciones vitales y el movimiento ocular. Algo pasa a mi alrededor, en frente de mí para ser concreto, y es preciso que preste atención a ese algo. Una película. Una explicación. Una instrucción. Una historia. Pero mi atención no está fija en eso. No está fija en nada. Mi atención sale de mis ojos y oídos para volver a entrar en ellos sin apenas recorrer la distancia hacia el objetivo. Estoy cansado pero no tengo sueño. Estoy hambriento pero no me apetece comer. Estoy sediento pero mi garganta no quiero tragar más agua. De pronto, mi sentido del tacto y mi peso dejan de tener efecto en mí. Mi cuerpo sigue intacto y sigue obedeciendo la ley de la gravedad, pero yo no lo noto. Noto como todo a mi alrededor desaparece. Todo se desvanece en el cercano negro al que se encuentra la oscuridad que me rodea, sólo rota por una contrastada luz de poco alcance que me permite atender lo que debería ocupar mi mente. Mi mente es ahora mismo un amasijo de nada, una materia metafísica abstracta de un color blanco roto con trazos muy oscuros que se mueven concéntricamente a la misma velocidad a la que vemos a una galaxia desplazarse desde la Tierra. La Tierra deja de ser mi soporte y también desaparece con el resto de las cosas. Estoy en caída libre en un espacio sin gravedad. No estoy soñando, pero tampoco creo estar del todo despierto. Mis ojos están del todo abiertos, pero no admiten ningún estímulo. Mi mente aún abstraída y caóticamente tranquila me lanza preguntas al azar y las vuelve a recoger sin respuesta antes de que pueda comprenderlas. No siento mi corazón. Tampoco mis pulmones expandiéndose. Vuelo sin levantarme en ningún espacio. El tiempo ha dejado de ser. El espacio hace rato que ha dejado de ser. La velocidad es un colibrí que revolotea poseído por la involuntad de sus actos. ¿Podría acabar todo ahí? ¿Podría, en ese periodo que podría ser instantáneo o eterno sin que yo notara la diferencia, huir del reino de los vivos y ser parte del todo convirtiéndome en nada? 
Recupero la consciencia. Estoy en la misma silla. Han pasado alrededor de diez segundos. El mundo parece seguir girando sobre su eje a pesar de que nada se mueve, salvo los fotogramas que avanzan sin que yo pueda pensar a primera impresión que lo son. Mi corazón parece volver a latir a un ritmo al que siento que no debería latir, pero al que siempre late, como una canción de jazz en la que el instrumento solista parece salir de su escala sin hacerlo. Y continúo, de frente a la pantalla, consciente en la ausencia, como si fuera presa de hipnosis. No vuelvo a abstraerme. No vuelvo a volar. No recupero esa mágica incorporeidad de la que he gozado durante dos milenios en diez segundos. Las paradojas se van por fin. Y vuelvo a estar yo solo, totalmente quieto, obviando mis funciones vitales y el movimiento ocular.

No hay comentarios:

Publicar un comentario