Son las cuatro y media de la madrugada, algo mas tarde. La angustia y la fuerte presión en mi pecho que parece aplicada por una vasta cantidad de dedos de un ser escuálido, siguen quitándome el sueño. Podría haberle pasado a muchas personas, y seguro que les ha pasado, pero no, yo recibí el garrotazo en la cara desnuda y sonriente esta vez, convirtiéndolo en una sonrisa macabra, deforme y rota junto a unos ojos pálidamente rosados que se estrechan entre fuertes párpados para no dejar escapar ni una lágrima. Porque ella, sí, ella, la que yo perdí, no era una cualquiera, era ella. La mejor y más perfecta que jamás había conocido. Y ahora que ella ya no está, ¿quién será? ¿Cuando llegará? Y lo más importante, ¿me hará olvidar las penas que ahora estoy pasando? Sin duda es todo un hoyo en forma de embudo curvo del cual no parece que pueda escapar. No hasta que la mano adecuada se acerque para tirar de mi cuerpo adormitado.
Son las cuatro y tres cuartos de la mañana y mi sueño sigue sin venir. ¿Acaso hoy no cerraré los ojos más que para parpadear y para contener mi llanto gris? A pesar de mis pocas ganas de hacer cualquier cosa salvo arrancarme el corazón de cuajo, trato de masturbarme, de leer mis viejas historietas de humor o de calmar mi mente congelada con algo de música relajante, quizás alguna apacible pieza de Vivaldi o alguna balada de piano o de cuerdas frotadas. El frío se apodera de mí, recorriendo mi cuerpo desde los trapecios hasta la cintura. No es muy agradable considerando que mi corazón parece estar frío y húmedo, como si un líquido oscuro lo hubiera bañado y luego hubiera goteado por mis afligidos pulmones. En mi mente puedo oír cosas inconexas que me pasan por la cabeza de forma aleatoria pero a mi voluntad, tratando de no pensar en lo que tanto me duele. La manta nórdica que me cubre hasta las axilas no parece ayudarme a combatir el frío. Sólo quiero que esta maldita tortura psicológica termine, el sol salga y pueda empezar un nuevo día que repita la agonía del anterior. Hasta que no encuentre a alguien. Un reemplazo. Si bien puede sonar frío el hecho de reemplazar a un ser humano en lo que representa para ti, de ser a ser, sin rangos ni deudas, es la única forma de salir de esta espiral que amenaza con tragarme a una velocidad casi estática.
Son casi las cinco de la mañana. Y me voy a dormir. Mejor dicho, a cavilar con los ojos cerrados y a encerrarme en una prisión de carne pútrida.
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