martes, 24 de diciembre de 2013

If, de Pink Floyd

Me encontraba, como siempre, en ese banco de ese parque, en el cual llevaba asistiendo a diario desde que tuve que priorizar entre mi comida y mi vivienda. Se me hizo demasiado difícil conservar todo lo que tenía en una pequeña maleta, así que sólo pude llevarme algunos de mis viejos Long Plays, partituras, un reproductor de música y mi vieja guitarra española que me ayudaría a ganarme la vida a partir de ese momento.
No estoy tan mal como podría pensarse, la verdad. Lo cierto es que echo de menos tantos lujos que daba por sentados, como un hogar, cuatro comidas diarias, internet, un teléfono móvil para contactar a mi familia y amigos, a miles de kilómetros de mi situación... Sin embargo, mi vida, después de todo eso era sencilla. Estaba en una zona de temperaturas cálidas y con muchos turistas, así que cuando era de día, me levantaba, iba a ese parque y me ponía a tocar para la gente y para recibir el dinero que acabaría invirtiendo en mi comida.
Incluso tenía mi pequeña audiencia, tal vez unas cinco personas que venían a verme a menudo, me pedían temas y, claro, pagaban bien. Otros, por supuesto, simplemente pasaban y me dejaban lo justo.
Lo justo para nada. 
Sin embargo, esa tarde, esa aparentemente mediocre tarde de 1 de septiembre en la que me encontraba bajo imponentes nubes blancas y cálidos rayos de sol tocando Strawberry Fields Forever la vi a ella. Sentada a unos veinte metros de mi banco, observando al horizonte, perdida, pero sin embargo, consciente de todo. No parecía feliz, pero a mi parecer, rara vez lo había parecido antaño.
Ella había sido la chica a la que amaba en mejores tiempos. Lo cierto es que pocas veces la vi en persona, pero en algunas veces hablábamos por teléfono y por otros medios. Sólo recuerdo lo mucho que la odiaba tras haberla dejado. A pesar de ello, era agradable ver la cara de alguien conocido a quien ya creías perdido. Para tratar de llamar su atención, interrumpí el tema que estaba tocando y empecé a cantar a gritos una canción soez que a menudo tocaba para hacerla reír. Cada vez más fuerte, hasta que el sonido de la guitarra quedó prácticamente eclipsado y mi cara tomó un color rojizo con tonos rosáceos.
Al fin, ella volteó la cabeza, lo cual aproveché para saludarla. Su cara demostraba que, a pesar de no ser una gran cosa, el darse cuenta de mi presencia le causó cierto impacto. Se levantó de donde estaba y se acercó sin mucha prisa a mi banco como para asegurarse de que sus ojos no le jugaban una mala pasada
- ¿Qué haces aquí? – Preguntó ella, sin salir de su asombro, pero más despreocupada.
- La vida, que es una mierda. – Respondí yo indiferente y riéndome un poco.
- ¿No tienes ningún sitio al que ir?
- Tengo este banco, qué más quiero.
- Maldita sea, ¿cuánto llevas aquí?
- ¿Cuánto? Pues… Un mes tal vez. O quizás más. No sé, desde entonces he perdido un poco la noción del tiempo.
- Ven, te llevaré a mi casa. 
Más que una invitación, parecía una orden. Una orden que, aunque quisiera, no podía rechazar, pues se la veía llena de empeño en ella, a pesar de su insistente despreocupación en mí.
- Está bien – Confirmé sin pensarlo demasiado – ¿Sin embargo, por qué no me acompañas en la última de hoy?
- ¿A-acompañarte? – Respondió, vacilando un poco ante la imprevista invitación.
- Sí, mujer. Es una de John Lennon, se titula “Happy Christmas (War is over)”. Seguro que la conoces. - P-pero yo no sé cantar…
- Es igual, Yoko Ono tampoco sabía cantar. ¡Venga, anímate!
- E-está bien… 
Finalmente, nos dispusimos a llegar a su casa. Ninguno de los dos abrió la boca apenas durante el trayecto. De todos modos, tal vez así fuera mejor.
- Báñate si quieres. La verdad es que hueles bastante mal. 
No me molestó su exceso de sinceridad, porque tenía razón. Desde el día en que dejé mi piso no tuve ocasión de asearme en absoluto. Tuve suerte de que ella tenía un viejo tocadiscos heredado para hacer uso de los discos que, hasta entonces, no había podido volver a disfrutar. Así pues, ya que pretendía relajarme, cogí un disco al que siempre recurría en noches de insomnio o en momentos de relax. El álbum se llamaba Atom Heart Mother.
Coloqué el viejo gramófono cerca de la puerta del baño, coloqué el disco, puse la aguja y me sumergí en el agua caliente con una amplísima sonrisa en la cara. En cuanto acabó la cara A, yo ya había salido del baño, así que cambié la cara del vinilo y entonces sonó esa maravillosa canción que antaño usé de nana… 

“If I were a swan I’d be gone
If I were a train I’d be late… again
And if I were a good man
I’d talk with you More often than I do” 

Poco antes de terminar la breve pista, fui capaz de escuchar un golpe seco. Sigilosamente, salí del baño y me tapé con un albornoz blanco. No me hizo falta salir del cuarto para presenciar a un hombre de unos treinta y tantos años de metro ochenta apoyado en una pared con ella por delante, aterrorizada y dejando caer sutiles lágrimas por sus suaves y tersas mejillas enrojecidas. No podía estar seguro de si el golpe lo recibió la pared o ella. Tampoco fui capaz de remontar en el inicio de toda la conversación, sin embargo, parecía que él se sentía engañado, cosa que, al parecer, le impulsó a abusar de ella física y mentalmente.
- ¿Me estás tomando por tonto? ¿¡ACASO TE CREES QUE NO ME DOY CUENTA DE NADA, MALDITA ZORRA!? ¿¡TE CREES QUE SOY GILIPOLLAS!? 
Ella no ofreció respuesta alguna.
- Mira, nena, sabes que te adoro, pero como me vuelvas a venir con eso te juro que te voy a partir la puta cara. No pienso contenerme como ahora, ¿entiendes? ¿¡ENTIENDES!?
- S-sí. – Contestó ella, sollozando y con la voz rota.
- ¡¡NO TE OIGO, ZORRA!! ¿¡ENTIENDES, SÍ O NO!?
- ¡¡SÍ!! – Respondió de nuevo, gritando con todas sus fuerzas, como si tratara de desahogarse.
Entonces, él no se privó de pegarla. Así pues, le sacudió un guantazo que dolía sólo de escuchar el resonar contra su piel rojiza y lisa. Así pues, él amenazó:
- Como me vuelvas a levantar la voz te voy a romper esta boca de puta que tienes. 
Acto seguido, se fue por la puerta y la cerró con un estridente golpe. Unos tres segundos después del portazo, ella se desplomó en el suelo, llorando desconsoladamente. No me atreví a salir por temor a lo que pudiera pasar.
Así pues, traté de vestirme con suma rapidez, bajé por la oxidada escalera de incendios de detrás del edificio y, al tocar el suelo, pude verle caminar a través del estrecho que daba a la calle. Así pues, empecé a correr tras él hasta que le alcancé. 
- Disculpe, señor – Dije yo, educadamente – ¿Le importaría darme la hora? 
Sin contestar, sacó su teléfono móvil y agachó la cabeza para mirar la hora. Fatal error para él.
Le di semejante puñetazo en la nariz que le hice saltar un chorro de sangre, después de aterrizar bruscamente contra el suelo árido. Era ya de noche, así que no me preocupó que nos viera nadie porque no había demasiada gente por ahí. Antes de que pudiera levantarse, empecé a patearle las piernas y el estómago a suficiente velocidad como para evitar que se incorporara o que me agarrara una pierna. Cuando noté que estaba suficientemente débil, le arrastré detrás de un edificio, coloqué un pie encima de su cabeza tumbada en el suelo y empecé a hablar con él.
- Sabes, vi lo que hiciste con esa chica. Y, llámame observador, pero me parece que esas no son formas de tratar a una señorita, ¿no te parece?
- Y tú como sa…
- ¿TE PARECE O NO TE PARECE?
- S-s-sí, es verdad, iré a pedirle disculpas, por favor, suélteme.
- Sí, claro, te soltaré, soy gilipollas y te soltaré, ¿no? De eso nada, chaval. Primero dime, ¿de qué la conoces?
- N-no e…
- ¿DE QUÉ LA CONOCES?
- E-es mi novia, ¿vale?
- ¿¡Te estás quedando conmigo, hijo de perra!?
- No, no, lo juro, no miento. 
Se le veía realmente asustado. Costaba de creer que era él mismo quien, hace poco, maltrató hasta hacer llorar a una chica.
- Está bien… No te pediré que le pidas perdón, pero creo que no te dejaré irte sin pagar algo…
Para la sensibilidad del lector escrupuloso, he preferido ahorrar la escena previamente ocurrida.
- Y más vale que a partir de ahora la trates mejor yo la dejes en paz.
- S-sí, v-v-vale…
- Recuérdalo… Siempre estoy ahí… Soy su guardaespaldas. 
Sin que ninguno de los dos volviera a mediar palabra alguna, me fui lentamente de nuevo al piso. Él no se movió del sitio y no recuerdo haberlo vuelto a ver nunca más.
Cuando volví al piso, ella estaba cocinando. No se la veía dolida a pesar de lo que sucedía, mas estaba dispersa, distraída. Trataba de ocultar su dolor, pero otros síntomas como la ausencia de su mirada la delataban. A priori no tenía muchas ganas de decirle nada, pero algo en mi me decía que tenía que hablar con ella sobre ese tipo al que acababa de apalear. Así pues, quedé en el marco de la puerta y tímidamente dije:
- Hola…
- Ah, hola, no te había visto. Había empezado a hacer cena para ambos, supongo que no te importará comer un poco. Supongo que viviendo de la limosna no se puede aspirar a comer mucho, ¿no?
- No, bueno, la verdad es que no
- Aunque en fin, tampoco he hecho gran cosa, pero supongo que…
- Mira, tenía que decirte algo. – La corté.
Una notable presión en el corazón se adueñaba de mi, pero ya habiendo llegado a ese punto, sabía que sólo por curiosidad ella me lo hubiera acabado sonsacando.
- ¿Qué pasa? – Dijo ella, vagamente sorprendida.
- M-me has decepcionado… – En realidad quería sonar algo imponente con eso, pero, tal vez por el tartamudeo o tal vez porque tenía la sensación de estarme metiendo donde no me llamaban, sólo un frágil y torpe hilo de voz salió de mi garganta.
- ¿Qué quieres decir? – Ella parecía saber a lo que me refería, pero no quería delatarse, así que se hizo la loca, como siempre solía hacer antaño. Esta vez traté de empuñar mi voz con algo más de dureza, pero me parece que mi voz aún mostraba cierta inseguridad.
- Ese capullo que te pegó antes, ¿quién era? 
Ella quedó muda, atónita ante esa frase. Entonces yo estaba deseando que la tierra me tragara por mi impertinencia.
- E-eso no es asunto tuyo… – De repente dejó de fingir que no le pasaba nada, pues ya era inútil.
- Le he seguido y le he hecho pagar lo que te ha hecho. 
Al acabar de decir eso, me di cuenta del terrible error que he cometido al decírselo; no, al haber hecho lo que hice.
- ¿¡Maldito idiota, qué has hecho!?
Lo cierto es que en ese momento me sentía como si ella fuera mi madre y yo un niño de párvulos, diminuto, impotente que había metido la pata a más no poder.
- ¿¡Qué has hecho, joder!? ¿¡Sabes el lío en el que me has metido, idiota!? ¡Ese tío está loco, ¿sabes!? En cuanto pueda, volverá y entonces… oh, Dios sabe lo que hará, ¡maldita sea!
Realmente estaba arrepentido. Ella estaba histérica, al borde del llanto. Sentía que nunca antes había cometido un error tan grande. Sentía como todo el mundo se me caía encima sin que yo pudiera hacer nada, pues había sido mi grandísima culpa. Entonces, aún pensando que si lo hacía lo iba a joder más, traté de contestar algo más.
- B-bueno, lo c-cierto es que se le veía muy arrepentido… Estaba… 
No supe como continuar. Entonces ella trató de calmarse un poco y me preguntó:
- ¿Qué has hecho? 
Seguía muy enfadada, eso era seguro, pero traté de relajarme también y se lo conté. Ella se fue, decepcionada, casi como si ignorara que yo estaba ahí. Se sentó frente a la ventana y, lentamente, empezó a llorar en silencio. Yo no me atrevía a hacer nada, incluso el hecho de respirar se me hacía incómodo. Apenas tenía fuerzas para moverme, mi cuerpo estaba totalmente inmóvil. Inmóvil mirándola a ella, sintiendo como si mil cuchillos se clavaran y retorcieran en mi pecho, ahogándome.
Aunque sentía como si mil toneladas de aire se abalanzaran sobre mí, traté de andar hacia ella a pesar de todo. Me puse detrás suyo, aunque ella no pareció inmutarse. Entonces yo, tratando de emplear un tono más calmado y apacible, le dije:
- No te convenía estar con ese cabronazo.
- No sabes nada… No te enteras de nada, como siempre…
A partir de ese punto ya sentía que nada podía irme peor. No sabía lo que hacer, pero no podía no hacer nada.
Intenté abrazarla, pero ella me apartó los brazos con los suyos y se levantó bruscamente y se encerró en su habitación. Ella misma me había enseñado en el pasado que conseguir que ella te perdone era como pedir peras a un olmo, así que sólo fui delante de la puerta y le dije:
- Lo siento mucho, pero no quiero permitir que nadie te haga daño. Sin embargo, parece que he sido yo quien te lo ha hecho, no veo más opción que marcharme. Me sabe mal, porque incluso habías cocinado para mí, pero ya no puedo aceptarlo, porque te he fallado. Sólo me voy a ir, a menos que digas nada, porque he hecho algo de lo que me arrepiento demasiado. Adiós. 
Esperé un par de segundos, pero ella no dijo nada, como esperaba, así que anduve hasta la puerta y me marché. Sólo fui a cualquier sitio a dormir, como hago siempre y me di cuenta de que cometí un error. Porque ella no volverá. Nunca.

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