sábado, 28 de diciembre de 2013

Después del apocalipsis

Me levanté al pie de mi casa. Al parecer el gran golpe de la teja que cayó encima de mí, lejos de matarme, me dejó inconsciente por, qué se yo, unas horas o unos días. Estoy hambriento, así que entro a lo que queda de mi casa (ni siquiera se considera entrar porque el techo ya no está, o al menos no todo) y veo que hay algunos envases de comida desparramados y la nevera, aunque tirada y rota, sigue conteniendo algunas cosas apetecibles. Así pues, me atiborro de todo lo que puedo y, tras coger lo que queda y meterlo en una bolsa de plástico, me voy. Total, ya nada importa, porque ya no queda nada. A pesar de que me gustaría que eso que ha sucedido me hubiera matado para ahorrarme ver a los cadáveres de aquellos que suelo encontrar en mi día a día, el sitio en el que me crié devastado y lleno de escombros de edificios y, sobretodo, todos los objetos que aprecio ya no están, y probablemente ni siquiera quede ninguno de ellos intacto. Así pues, avanzo en medio de los edificios derribados, los cuerpos sin vida despedazados, aplastados, destrozados como si de la ira de un Dios hubieran sido víctimas, y llego a la salida de mi pueblo. Echo la vista atrás por última vez, para recordar bien ese montón de trozos de piedra, cemento y de hormigón deshecho, ese olor putrefacto procedente de los muertos que hay ahí (todavía algunos son reconocibles, pero nada apetecibles de ver), etcétera. Doy una leve sonrisa desganada a todo eso, a modo de despedida. Al ir bajando carretera abajo hacia el pueblo de al lado, puedo encontrar varios coches humeantes con más cadáveres dentro estampados contra árboles, muros y demás. Muchos troncos de árboles y muros derribados pude ver durante los cinco kilómetros que hice hasta el pueblo de al lado. Ahí veo también muchos cadáveres y edificios derribados. Sin embargo, ahí hay un chico un poco mayor que yo, acurrucado en el suelo con los ojos muy abiertos, con lágrimas en los ojos y murmurando cosas casi inaudibles. Lleva ropas rasgadas, como yo, y los cristales de sus gafas están en peor estado que los míos. No me atrevo a acercarme, así que sólo sigo andando y le doy la espalda. Voy a una tienda de música en la que suelo ir a menudo. Bueno, solía. Antes de que esto tan raro pasara. Ni siquiera me he enterado, sólo he visto como un viento muy fuerte soplaba afuera, como unos rayos enormes caían aquí y allí. Salgo y un par de tejas caen a mi derecha y una me da en la cabeza sin matarme, milagrosamente. Escribo todo esto en una hoja de papel una vez llego ahí. Así que, simplemente, cojo esa guitarra que siempre quise comprar, un amplificador de bolsillo y simplemente ando y toco, ando y toco, hasta el fin de mis días, hasta que llego a la otra punta de la ciudad, del país. Hasta que todo acabe. Hasta que el último hombre sobre la faz de la tierra cese de vivir.

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