domingo, 29 de diciembre de 2013

Pablo está muerto

Era una noche entre el segundo viernes y el segundo sábado de Mayo. Roberto García, padre divorciado que vivía en el piso de sus padres, ambos ya algo seniles, dormía o, mejor dicho, intentaba dormir, pensando en sus asuntos. Su única hija, Lucía, había desaparecido hacía unos meses, quizás dos. Él ya se había hecho a la idea de que seguramente estaba muerta. Sin embargo, la echaba mucho de menos, y no podía evitar pensar en que las cosas podrían haber ido mejor entre él y ella. Ahora que ella se había ido, el único motivo para vivir que tenía, el cual no valoró lo suficiente en sus días, había escapado de sus manos sin que él pudiera hacer nada para evitarlo. Ni siquiera sospechó que no tenía otros motivos para vivir, mas ahora se encontraba sumido en una rutina que sólo lo conducía a la monotonía perpetua. No quería seguir viviendo, y seguramente a sus padres, así como no les importó la desaparición de ella, no les molestaría demasiado la suya. Al fin y al cabo, ellos dos no la trataron mucho mejor que ella, más bien todo lo contrario. Tal vez ella fuera a estar mejor desaparecida. Y, a pesar de todo, él pensaba, pensando que tenía toda la noche para ello, sólo aguardando a un nuevo día de su mísera vida. Sin embargo, esa noche no fue como las demás noches, y el día siguiente no fue como los demás días, y nunca parecido volvió a sucederle. La televisión del salón de la casa se encendió de la nada cerca de las tres de la madrugada y a todo volumen. Lo que reprodujo no fue otra cosa que las imágenes de Paul McCartney cantando esa canción suya tan conocida llamada Yesterday. Una y otra vez, en diferentes versiones, vivos, de otros artistas o a veces simplemente repitiendo versiones una y otra vez. Los tres habitantes de la casa no tardaron en levantarse de sus respectivas camas con la intención de averiguar que era ese inminente jaleo y ponerle fin para poder volver a su reposo. Sin embargo, eso no pareció ser posible, pues la televisión no respondía a ningún comando y no se apagaba al desenchufarla de la corriente. Sonaba realmente alto, a pesar de que la canción era una plácida balada. Obviamente, todos los vecinos fueron a llamar a las puertas del piso para hacerles callar. Estuvieron un largo rato gritando medio adormitados como muertos vivientes y golpeando la puerta para atraer la atención de los residentes. Así estuvieron durante varios minutos, hasta que el viejo señor García, padre de Roberto, abrió con su ridícula bata de dormir y les echó a gritos, no sin recibir amenazas de llamar a la policía y demás. En cuestión de segundos, el televisor perdió la imagen, ofreciendo una pantalla de televisión analógica des-sintonizada y un grueso chirrido estático bastante molesto. Entonces, diversas grietas empezaron a emerger de la pared de forma aparentemente aleatoria. Y lo que a priori parecían varias grietas apareciendo de la nada en la pared del salón, al final acabaron por formar un mensaje que decía:

¿DÓNDE ESTÁ? NO OS ATREVÁIS A TOCARLA, MALDITOS 

La señora García, tratando de disimular ante lo que fuera eso que escribía y, quizás, ante su marido e hijo, aulló:
- ¿Qué mierdas eres, cabrón? Te advierto que como no salgas de aquí las vas a pasar muy putas
La pared siguió escribiéndose más abajo

CÁLLATE, VIEJA ASQUEROSA

Tras esa última frase, y antes de que nadie pudiera decir nada, de las grietas empezó a emerger lo que parecía ser sangre a chorros aplanados, como si fuera un fino aspersor, cubriendo todo cuanto alcanzaba de enanas gotas rojas muy calientes. Roberto García estaba muy aturdido y apenas alcanzaba a comprender lo que estaba sucediendo. Sin embargo, sentía que eso era algo relacionado con Lucía, cosa que le dejaba perplejo y aún más confuso. Al final, como en una repentina recuperación de sus cabales, se dejó caer de rodillas y gritó:
- ¡¡¡BASTAAAAA!!!
Acompañando el desgarrado grito del pobre hombre, la televisión que hacía unos escasos minutos estaba reproduciendo música, estalló como si tuviera una bomba dentro, salpicando una densa ola de sangre que empapó todo cuanto alcanzó de forma violenta.
La policía llegó escasos segundos después, llamados por los vecinos por el ruido. Lo que el agente que entró encontró seguramente no lo olvidó nunca. Hizo unas cuantas preguntas sobre la situación y creyó conveniente para todos quedarse a hacer guardia durante la noche. Hasta la mañana, nada extraordinario sucedió. Sin embargo, otros policías y algunos periodistas fueron al piso a preguntar a los vecinos y, por supuesto, a la familia. Muchos de ellos ya estaban enterados de la ya bastante conocida desaparición de la chica de esa casa. No tardó en hacerse noticia, y varios sacerdotes y algunos individuos con aspecto de farsantes se acercaron para ofrecerse a resolver el misterio o a proteger el edificio del supuesto espíritu, algunos con intención de cobrar y otros no, pero todos rechazados de mala manera por los viejos señores García. En cuanto a Roberto, él simplemente trataba de olvidar todo eso y de pensar. Pensar… Pensar, pensar, pen-sar. Lo único que el pobre hombre quería era desaparecer del mundo hasta que todo ese embrollo fuera olvidado por todos. Desgraciadamente, eso no era posible para él.
De repente, la guitarra española que él tenía colgada de la pared, la cual nunca había tocado, pues no sabía, empezó a tocar sola la vieja Stairway to Heaven, de Led Zeppelin, como si de una especie de caja de música fantasmal se tratara. Perplejo, descolgó la guitarra de la pared y la miró con asombro entre sus brazos. En su temor, trató de insonorizar las cuerdas poniendo su mano encima, lo cual no fue posible, pues las cuerdas estaban ardiendo como si fueran ascuas. Al quemarse, Roberto García soltó la guitarra de repente, dejándola caer al suelo. Entonces, la guitarra dejó de sonar y un mensaje apareció encima en tinta negra que parecía emerger de las maderas del mismo instrumento. El mensaje, escrito en una caligrafía no demasiado buena, aunque perfectamente leíble, decía:
- Hola, Sr. García. ¿Le apetece hablar un rato conmigo? 
- ¿Qué demonios eres? – Dijo Roberto, con un hilo de voz intranquilo y leve, tratando de no ser oído.
Las palabras de la guitarra se borraron y dieron lugar a una respuesta.
- Soy muchas cosas. Esencialmente, un chico muerto.
- ¿Cuál es tu nombre? – Susurró Roberto, el cual, inexplicablemente, parecía más tranquilo
- Actualmente se me conoce con varios nombres. En vida, solía ser llamado Pablo. 
- ¿Por qué has venido a mi hogar, Pablo?
- Digamos que tú y tus progenitores hicisteis algo en el pasado que no me gustó mucho 
- ¿El qué?
- Tratar mal a una persona a la que quería mucho. 
- ¿Lucía? – Preguntó él casi para sí mismo, en voz muy baja y pensativo.
No hubo respuesta. La guitarra simplemente pareció volver a la normalidad. Él la volvió a colgar, desolado, y salió del cuarto.
En el momento en el que salió al salón, todo estaba en calma. Sus padres estaban en el sofá dormidos y sentados. Él decidió dormir también, y a pesar de que apenas eran las tres del mediodía, pues todos esos acontecimientos le habían dejado exhausto. Todos durmieron hasta la mañana del día siguiente.
Entonces, otro agente de policía fue a la casa. Roberto abrió cansado, pensando que sería otra vez algo relacionado con lo sucedido la noche anterior. Sin embargo, el oficial sólo vino a comunicarle que esa noche encontraron el cadáver de su hija al otro lado del país. Tenía las muñecas rajadas y ella estaba en un bosque. Escribió una nota antes de suicidarse, en la que ponía “Pablo está muerto”. Al parecer, alguien que estaba paseando por el bosque la encontró tendida en el suelo. Él sólo tuvo que rellenar unos papeles del certificado de defunción y demás trámites y, una vez eso, volvió a su habitación. Sus padres no estaban. Él no lloró. Quería, pero no pudo. Al levantar la cabeza, vio que al lado de la guitarra había algo escrito en lo que parecía ser lápiz.

“Ahora su hija está conmigo. No era mi intención, y por supuesto no quería que hiciera lo que hizo, pero lo hizo. A pesar de lo mucho que la quiero, ahora está conmigo y ahora ambos podemos descansar en paz y dejarles descansar en paz. Y, a pesar de lo dolido que debe o debería estar, sólo quiero que aprenda la moraleja de esta historia y que no vuelva a hacer tonterías. Es todo.”

Él se giró lentamente y salió de la habitación. El televisor volvía a estar intacto, las paredes volvían a estar en buen estado y toda la sangre había desaparecido. Todavía no sabía a dónde habían ido sus padres, pero ya no le importaba. Ya no lo iba a averiguar. Roberto se dirigió al dormitorio de sus padres, del cual sacó un viejo revólver de su padre. Lo cargó y se volvió a dirigir al salón. Ahí, se sentó en el sofá y se apuntó, con las manos temblándole, en la sien derecha y presionó el gatillo tras unas décimas de segundo vacilando, poniendo fin a su vida.

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